sábado 2 de enero de 2010

Dobles

Un día me di cuenta de que en mi barrio se pueden encontrar los dobles de muchas personas y personajes, como si fuera una de esas islas en las que habitan roqueros, actrices o políticos a los que se da por muertos. Creo que la cosa empezó con Geena Davies, que trabajaba en la papelería (su madre era Jabba, pero no nos detendremos en eso). A partir de entonces empecé a fijarme y me encontré con Matías Prats padre, con Federico Luppi, que vende periódicos, y con varios más. He llegado incluso a ver a Paul Naschy tomando algo en un bar. Sin embargo hay tres que merecen especial atención. Colombo es un señor pequeño que se pasea envuelto en un abrigo bastante cochambroso, fumando siempre un puro y mirando a todo el mundo de lado con una media sonrisa repugnante, como diciendo: conozco vuestros secretos y si os descuidáis os hago una última pregunta. Otro personaje que me fascina es Anthony Hopkins, o mejor dicho Hannibal Lecter. Cómo no, trabaja en la carnicería. A veces le pido huesos para la perra y nunca me los cobra, de hecho creo que le encanta regalarlos. Por último está Stephen King que, haciendo honor a su apellido, atiende tras el mostrador de un establecimiento de comida rápida. Es exageradamente amable y, cuando te entrega tu pedido, tras unas gafas de pasta negras uno parece ver su cerebro maquinando la mejor manera de hacerte pasar un mal rato. Los que sabéis dónde vivo podéis ir un día y buscarlos, veréis que no exagero y que, al verlos inmersos en sus rutinas como si nada, ajenos a la sorpresa que producen, crean una sensación muy curiosa de irrealidad, de sueño extraño.

sábado 26 de diciembre de 2009

Si no hallo la salida
pienso en tu boca,
y en las curvas
y caracolas
que le son propias.
Cuando todo
es una burla
bebo en tu copa.

miércoles 9 de diciembre de 2009

Quería contar que a M. A. le han traído un frasquito con agua de Lourdes. Según parece, gracias a él o a los pensamientos inspirados por él han desaparecido sus dolores y se ha elevado su ánimo. Lo que me intriga es lo siguiente: si un día ese frasco se cae al suelo y se rompe, ¿volverá M. A. a sufrir los mismos dolores de antes?

lunes 7 de diciembre de 2009

Obscure

Yo vi brotar la cascada entre las rocas,
espuma alimentando nuestras bocas.
Yo encontré sola el camino en la maleza,
hallando fuerza bajo las estrellas.
Yo, y yo tan sólo, acompañada iba
por los fantasmas, por almas idas.
Yo, entre brumas de noche eterna
y bajo interminables lunas llenas,
al son de viejas campanas rotas
me llegué hasta el vacío: yo estaba sola.

lunes 23 de noviembre de 2009

Luego en eso había quedado su acuerdo, sellado con sangre infantil tantos años antes. Dos viejas en una cafetería del centro con sus bolsos, paraguas y abrigos, desentonando entre la masa de estudiantes que invadía el local. Eran las siete y media de la tarde y la academia de al lado acababa de cerrar. Futuros universitarios se daban codazos por conseguir una cerveza en la barra, y las dos mujeres se resistían a dejar su pequeña mesa junto a la ventana. Décadas después de su promesa se habían reunido, y ambas se miraban a través de las gafas y las tazas de café. Cada una de ellas había esperado de la otra que se hubiera convertido en una gran personalidad, que su vida fuera apasionante o, al menos, tan interesante como para conseguir llenar una animada conversación vespertina. Pero lo único que habían encontrado era un reflejo de sí mismas, y verlo materializado, ocupando despiadadamente el cuerpo de la niña que su memoria había conservado hasta esa tarde, lo hacía más odioso aún. Terminaron el café, dejaron unas monedas sobre la mesa y salieron a trompicones, intentando abrirse camino entre la gente.

miércoles 11 de noviembre de 2009

Una luz, tan sólo eso.
Un camino a recorrer;
una pista hacia el sendero
del que nunca más volver.
Cuando todo está tan lejos
que no se llega ni a ver.
Cuando se confunde el cielo
con lo que hay bajo tus pies.

Las nubes se entrelazaban
con las hojas del laurel,
con noviembre y las mañanas,
con tu rostro y con mi sed:
todas las cosas cantaban
sin saber muy bien por qué.

viernes 6 de noviembre de 2009

El viaje de la "Estrella Fugaz", 2179 d. C.

Desde el estrecho e incómodo habitáculo reservado al controlador de rutas, la vista era lo mejor. A menudo la oscuridad ocupaba por completo la diminuta ventana, pero en esas ocasiones él solía estar bajo los efectos de la hibernación. No obstante, cuando se acercaba a cualquier objeto que pudiera ser interesante para la investigación la computadora lo sacaba del letargo, inundando su máscara con aquel vapor de sabor amargo. No era un dulce despertar, pero una vez pasado el efecto primero, y cuando terminaba de realizar los ajustes necesarios en la trayectoria, disponía de tanto tiempo como quería para escudriñar el exterior. Solía entonces desconectar la gravedad artificial y trataba de entrar en un precario trance mientras flotaba, girando, con la cabeza pegada al cristal redondo de la ventana. Cualquier cosa que pudiera atisbar le parecía maravillosa, cualquier roca que viajara a la deriva, como él. A pesar de llevar varios años en esa misión de recogida de datos todo se le presentaba siempre como algo nuevo, y nunca se había arrepentido de la decisión que tomara allá en la Tierra, tiempo atrás. De esta manera aún podía ser útil, pues la información y las muestras que enviaba continuamente a la base, dentro de los receptáculos de navegación inteligente, serían algún día imprescindibles para el futuro del hombre fuera de su planeta materno. Tardarían mucho en llegar, y es posible que muchos de ellos se destruyeran por el camino debido a multitud de inconvenientes, pero la mayoría atravesarían sanos y salvos la atmósfera, y serían recogidos por las personas adecuadas.
Por eso no había dudado cuando se le ofreció la posibilidad de ser enviado al espacio en un viaje sin retorno. Su trayectoria en la Tierra no se podía considerar ejemplar: eran muchas las faltas cometidas y el daño causado. Además era una solución mejor que la cárcel, más fructífera. Alguien tenía que comprobar si la nueva tecnología era fiable, si los recursos con los que se había dotado a la nave emblema de la ingeniería planetaria, la flamante 流れ星 , le permitían emprender misiones de tal envergadura. Por el momento parecía que sí; el espacio era un lugar mucho más amable y tranquilo de lo que Jasper había supuesto en un principio. Los días de vigilia eran pocos y pasaban rápido consumidos por la fascinación que cada vez más ejercían sobre él los fenómenos que le eran dados observar. El trabajo estaba casi totalmente automatizado y su presencia en la nave le parecía a veces casi simbólica: ya se podía decir que la humanidad había enviado a uno de los suyos a explorar su propio sistema solar.
No tenía importancia que fuera un delincuente. Por otro lado él no buscaba la redención ni el reconocimiento, sino únicamente la soledad y una cierta paz consigo mismo. Sólo eso.
De no ser por el calendario, Jasper habría perdido por completo la noción del tiempo. En la nave había espejos, pero por alguna razón se negaba a asomarse a ellos, por lo que no pudo comprobar cómo su pelo se iba volviendo blanco, y cómo su cara se llenaba poco a poco de arrugas. Sin embargo sabía que eran ya bastantes los años que llevaba viajando solo, y empezaba a sentirse como un niño aún sin nacer dentro del vientre de la madre, y estaba a gusto con esa condición.
Un día, o una noche, fue despertado tras un período de sueño especialmente largo. Esta vez no pudo, como era su costumbre, realizar los ejercicios que devolvían cierta elasticidad a sus músculos. La cabeza le daba vueltas y notaba un dolor paralizante en cada una de las articulaciones, como si tuviera un millón de alfileres clavados en ellas. Tarde o temprano tenía que ocurrir, pensó con resignación. Muchas veces había reflexionado acerca de cómo quitarse la vida si llegaba a una situación desesperada, bien fuera provocada por el aislamiento, por la enfermedad, o por cualquier razón. Sabía que en la nave tenía a su disposición medios para suicidarse sin dolor; tan sólo tenía que tomarse una pastilla. No tenía muchos problemas con eso. Llegado el momento parecía una buena solución, un final razonable.
Luchando contra el dolor se acercó a la ventana, y entonces vio algo que le hizo arrepentirse de ese último pensamiento. A través del cristal, en la lejanía, pudo ver al gigante Saturno. Era difícil concentrarse en la belleza que se desplegaba frente a él, pues empezaba a perder el control sobre sus sentidos, envuelto en una ardiente agonía. Se dio cuenta de que ya no podía moverse, y ni siquiera notaba sensibilidad en las manos. Entonces lloró como no lo había hecho desde que empezó la misión. Poco a poco la vista se le fue nublando hasta que todo se volvió negro, y cayó desplomado.
La 流れ星 siguió su camino durante muchos años más, mucho después de que el cadáver de Jasper se hubiera descompuesto dentro del pequeño habitáculo reservado al controlador de rutas.