viernes 6 de noviembre de 2009

El viaje de la "Estrella Fugaz", 2179 d. C.

Desde el estrecho e incómodo habitáculo reservado al controlador de rutas, la vista era lo mejor. A menudo la oscuridad ocupaba por completo la diminuta ventana, pero en esas ocasiones él solía estar bajo los efectos de la hibernación. No obstante, cuando se acercaba a cualquier objeto que pudiera ser interesante para la investigación la computadora lo sacaba del letargo, inundando su máscara con aquel vapor de sabor amargo. No era un dulce despertar, pero una vez pasado el efecto primero, y cuando terminaba de realizar los ajustes necesarios en la trayectoria, disponía de tanto tiempo como quería para escudriñar el exterior. Solía entonces desconectar la gravedad artificial y trataba de entrar en un precario trance mientras flotaba, girando, con la cabeza pegada al cristal redondo de la ventana. Cualquier cosa que pudiera atisbar le parecía maravillosa, cualquier roca que viajara a la deriva, como él. A pesar de llevar varios años en esa misión de recogida de datos todo se le presentaba siempre como algo nuevo, y nunca se había arrepentido de la decisión que tomara allá en la Tierra, tiempo atrás. De esta manera aún podía ser útil, pues la información y las muestras que enviaba continuamente a la base, dentro de los receptáculos de navegación inteligente, serían algún día imprescindibles para el futuro del hombre fuera de su planeta materno. Tardarían mucho en llegar, y es posible que muchos de ellos se destruyeran por el camino debido a multitud de inconvenientes, pero la mayoría atravesarían sanos y salvos la atmósfera, y serían recogidos por las personas adecuadas.
Por eso no había dudado cuando se le ofreció la posibilidad de ser enviado al espacio en un viaje sin retorno. Su trayectoria en la Tierra no se podía considerar ejemplar: eran muchas las faltas cometidas y el daño causado. Además era una solución mejor que la cárcel, más fructífera. Alguien tenía que comprobar si la nueva tecnología era fiable, si los recursos con los que se había dotado a la nave emblema de la ingeniería planetaria, la flamante 流れ星 , le permitían emprender misiones de tal envergadura. Por el momento parecía que sí; el espacio era un lugar mucho más amable y tranquilo de lo que Jasper había supuesto en un principio. Los días de vigilia eran pocos y pasaban rápido consumidos por la fascinación que cada vez más ejercían sobre él los fenómenos que le eran dados observar. El trabajo estaba casi totalmente automatizado y su presencia en la nave le parecía a veces casi simbólica: ya se podía decir que la humanidad había enviado a uno de los suyos a explorar su propio sistema solar.
No tenía importancia que fuera un delincuente. Por otro lado él no buscaba la redención ni el reconocimiento, sino únicamente la soledad y una cierta paz consigo mismo. Sólo eso.
De no ser por el calendario, Jasper habría perdido por completo la noción del tiempo. En la nave había espejos, pero por alguna razón se negaba a asomarse a ellos, por lo que no pudo comprobar cómo su pelo se iba volviendo blanco, y cómo su cara se llenaba poco a poco de arrugas. Sin embargo sabía que eran ya bastantes los años que llevaba viajando solo, y empezaba a sentirse como un niño aún sin nacer dentro del vientre de la madre, y estaba a gusto con esa condición.
Un día, o una noche, fue despertado tras un período de sueño especialmente largo. Esta vez no pudo, como era su costumbre, realizar los ejercicios que devolvían cierta elasticidad a sus músculos. La cabeza le daba vueltas y notaba un dolor paralizante en cada una de las articulaciones, como si tuviera un millón de alfileres clavados en ellas. Tarde o temprano tenía que ocurrir, pensó con resignación. Muchas veces había reflexionado acerca de cómo quitarse la vida si llegaba a una situación desesperada, bien fuera provocada por el aislamiento, por la enfermedad, o por cualquier razón. Sabía que en la nave tenía a su disposición medios para suicidarse sin dolor; tan sólo tenía que tomarse una pastilla. No tenía muchos problemas con eso. Llegado el momento parecía una buena solución, un final razonable.
Luchando contra el dolor se acercó a la ventana, y entonces vio algo que le hizo arrepentirse de ese último pensamiento. A través del cristal, en la lejanía, pudo ver al gigante Saturno. Era difícil concentrarse en la belleza que se desplegaba frente a él, pues empezaba a perder el control sobre sus sentidos, envuelto en una ardiente agonía. Se dio cuenta de que ya no podía moverse, y ni siquiera notaba sensibilidad en las manos. Entonces lloró como no lo había hecho desde que empezó la misión. Poco a poco la vista se le fue nublando hasta que todo se volvió negro, y cayó desplomado.
La 流れ星 siguió su camino durante muchos años más, mucho después de que el cadáver de Jasper se hubiera descompuesto dentro del pequeño habitáculo reservado al controlador de rutas.

miércoles 4 de noviembre de 2009

La quebrada vacía

En lo más profundo de la casi intransitable quebrada, siempre envuelta entre brumas, la pequeña iglesia resistía sola las embestidas del tiempo. Hubo una época en la que, no muy lejos de allí, se apiñaban no más de diez chozas destartaladas bajo las que se refugiaban los pocos feligreses que acudían al templo. En aquel rincón por lo visto siempre era invierno. Aquellos que franqueaban la frontera invisible que separaba ese lugar del resto del mundo, aseguraban que existían lugares donde los árboles perdían sus hojas para volverlas a recuperar más tarde; lugares en los que, durante unos pocos meses al año, el calor era tan sofocante que la gente no podía trabajar en el campo al mediodía, de tanto como quemaba el sol. Sin embargo, en la aldea nunca se consideraron estas historias más que como leyendas, cuentos que usaban los buhoneros para impresionar a su clientela.
No sólo ellos, también el sacerdote de la pequeña iglesia solía impresionar a su escasa audiencia con fantásticos relatos sobre lejanas tierras, desiertos interminables, feroces océanos que se tragaban embarcaciones enteras. En aquel recóndito lugar al que nadie acudía, en el que sus gentes se esforzaban por brindarles a sus bestias el mínimo sustento, todo aquello sonaba a música celestial, y lo escuchaban cada domingo entusiasmados y en respetuoso silencio, para volver luego a sus casas acabada la ceremonia, a través del polvoriento camino, con la niebla pegada a los talones y las estrellas asomando apenas en el cielo a través de ella.
Una noche, quizá la primera del quinto mes, o quizá no, un muchacho se quedó tras la misa para ayudar al sacerdote, que ya era muy anciano, y acompañarle hasta su casa. En esa época, los curas de aldea no tenían riquezas, por lo que debían compartir techo con los fieles, pasando cada mes en una casa. Concretamente ese mes estaba el cura viviendo en casa del muchacho, una cabaña aún más humilde que las otras, en la que el frío entraba por todos los rincones, en la que el fuego no calentaba y la sopa siempre era escasa. El niño quiso saber por qué motivo en su pueblo el sol nunca llegaba a quemar, por qué la niebla jamás se levantaba, y por qué aún así nadie quería abandonarlo y probar suerte más allá, en una de esas tierras de fantasía que el cura mencionaba una semana tras otra.
Sorprendido, el sacerdote miró al niño largo rato, con la casulla apolillada a medio sacar. Finalmente tomó asiento en un taburete desvencijado y dirigió al muchacho una mirada cansada y vacía:
-Llevo casi sesenta años esperando a que alguien me hiciera esa pregunta.

Ahora la quebrada está vacía pues el cura, el único que quedó en ella, murió hace ya muchos años. Nadie ha vuelto a pisar el lugar: por alguna extraña razón no sale en los mapas, y los caminantes que se pierden en el bosque que la rodea dan mil vueltas, acercándose mucho a veces, pero sin llegar nunca a encontrarla. La iglesia apenas sigue en pie; tan sólo sus paredes desafían desesperadamente a los elementos, al tiempo y al olvido absoluto.

viernes 9 de octubre de 2009

Tan rojas fueron las bayas ese otoño
que ni las aves las quisieron tomar.
Tan frías las heladas y tan bellas
que nadie supo dónde, qué mirar.

Si más allá del camino en tu paseo
escuchaste del pájaro nocturno el canto,
si al atisbar el sentido de sus versos
perdiste la fuerza y acudió el llanto:

deja entonces tus huellas en la nieve
porque esa será la firma de tu herencia.
No temas al destino, que te lleve

al rincón donde descansa la paciencia,
aquel lugar de los momentos breves.
Allí el amor será la única ciencia.

lunes 5 de octubre de 2009

Sucesos, tercera y última parte

La última experiencia extraña de este verano en Los Caños fue quizá más sutil. Un día, cuando volvía de la playa para comer, cargada con la sombrilla e intentando que la Meca no se avalanzara sobre cualquier resto de basura de los que la gente suele arrojar, vi una azucena tirada en el suelo. Alguien la había arrancado sólo para dejarla luego ahí. Siempre me han gustado esas flores, que crecen en las dunas y no parecen necesitar más que la arena blanca, el sol y la brisa del mar. La sostuve una parte del camino, y después la dejé caer sobre un matorral seco. Quedó enganchada entre sus ramas y pensé que, ya que ahora podía sacar la cámara de su bolsa, debería volver y hacerle una foto. Pero tenía otras cosas en la cabeza y se me olvidó.
El día en que volvía a Madrid fui a despedirme de la playa a la que había acudido fielmente todos y cada uno de los diez días que estuve por allí. Cuando ya no pude dilatar más la partida, cogí el caminito entre las dunas que tomé el día que recogí la azucena, y entonces me acordé de ella. Busqué el matorral, pensando que aunque la flor no iba a estar como entonces, al menos podría verla tan marchita como las ramas que la encerraban. Tardé un rato en encontrar ese lugar en concreto, pero al final dí con él, y allí estaba la azucena, tan blanca y lozana como una semana antes. ¿Porqué no había sucumbido bajo el calor de agosto? Bonito final para esta serie de extraños acontecimientos. Estuve a punto de ir al coche, coger la cámara del maletero y hacerle una foto, pero tuve la sensación de que no había necesidad, de que la foto ya estaba hecha en mi cabeza y así estaba bien. No sé si hice lo correcto. Me habría gustado tener una prueba tangible que pudiera demostrar que algo curioso había sucedido, pero como no tenía ninguna foto de la primera vez que vi la flor, el día que la dejé entre las ramas secas, tampoco habría servido de nada.
Así que volví a Madrid, con esa congoja que te invade cuando te vas de Los Caños, un lugar que siempre me ha parecido más próximo que cualquiera a ese mundo paralelo e invisible que decide mostrarse a veces.

domingo 4 de octubre de 2009

Cuentiquinos de escaño

Voy a copiar una idea de mi hermano (sin que sirva de precedente), dejando aquí un enlace para que escuchéis historias de mi pueblo, historias de las de antes contadas por mi abuelo y otra gente, con la intención de difundirlas en mi más que modesto ámbito de influencia.

sábado 3 de octubre de 2009

Sucesos, segunda parte

Por muy sorprendente que fuera, el primer suceso podría llegar a considerarse como una simple casualidad. Algo chocante, cierto, pero nada más. Al segundo también se le podría buscar una explicación lógica, pero para eso tendría que dudar de la palabra de mi abuela, y no creo que ella tuviera ganas de bromear con algo así en ese momento. De hecho, me inclino por cualquier otra explicación antes que esa. Si se os ocurre alguna, será bien recibida si queréis contarla.

El caso es que una mañana me levanté y bajé a desayunar al patio. Como siempre, mi abuela llevaba varias horas despierta y ya había ido a por el pan. Cuando me estaba tomando el primer café, vino y se sentó a la mesa conmigo. Me dijo que le había ocurrido algo extraño, algo que había conseguido asustarla. Pues qué es eso, le dije yo. Entonces sacó del bolsillo un collar: una cadenita de oro con una perla en el centro. ¿Sabes qué es esto?, me preguntó. Sí, le dije, ese collar era de Mamá. Lo llevaba a menudo cuando yo era pequeña. ¿Estás segura? Le dije que sí, que casi absolutamente. Lo sé porque me gustaba mucho, es muy sencillo y además me gustan las perlas. Pues entonces no lo entiendo, dijo mi abuela. Esto lo encontré esta mañana en la bolsa del súper cuando he sacado el pan y el resto de la compra. Fui yo quien preguntó a continuación si estaba segura de eso, si no lo tendría ella guardado en un bolsillo o qué sé yo, y sin darse cuenta se le hubiera caído dentro de la bolsa. Dijo que no, que estaba convencida de que antes no lo tenía, que ella no lo había llevado a la playa y que ni siquiera le sonaba. Me quedé un tanto paralizada, y como mi abuela parecía asustada, me apresuré a decir que seguramente se le había caído a la dependienta dentro de su bolsa. Me atendió un chico, contestó, y además acabas de reconocerlo como un objeto de Mamá. Es cierto, tuve que admitir. Además, no era fácil equivocarse, pues hasta tenía un nudo hecho en la cadena, algo típico de mi madre, que siempre hacía eso en lugar de llevarlas al joyero para cortarlas. No cabe duda. Pero entonces, ¿quién puso ese collar en la bolsa?

miércoles 30 de septiembre de 2009

Sucesos, primera parte

Este verano, en la playa, pasaron cosas curiosas. Cosas que podrían ser todas casualidad pero que no tienen a mi entender fácil explicación. No son tan escandalosas como para llamarlas historias de fantasmas, y sin embargo en algún momento se me pusieron los pelos de la nuca como locos de la emoción. La primera tuvo lugar una mañana en la playa. El día anterior había salido del pueblo para comprar un filtro que protegiera el objetivo de mi flamante nueva cámara de fotos, pero sin éxito. Los que tenían en las tiendas que visité no correspondían con el diámetro que yo necesitaba. Fue una excursión frustrante, porque sin filtro no me atrevo a sacar la cámara, y menos a la playa. El caso es que al día siguiente volví a montar mi pequeño campamento de sombrilla, perrilla, agua y pipas en el mismo lugar de siempre, sobre una duna frente al mar, y junto a los restos de un muro que no levanta más de cuarenta centímetros del suelo. Mientras buscaba un palo con el que ampliar con mi pañuelo la sombra para la perrilla, descubrí unos metros más allá un objeto redondo, negro, que estaba semienterrado en la arena. Será basura, pensé, parece una tapa de las latas de La Piara. No sé aún qué demonios me hizo acercarme a pesar de todo y coger el pequeño objeto entre las manos. Es cierto que justo antes un pensamiento fugaz y absurdo había cruzado mi mente: con esa forma podría ser un filtro. Cuando sacudí la arena vi que, efectivamente, eso era. Hubo un momento de pausa, de ralentización del mundo alrededor, mientras pensaba una y otra vez, a toda velocidad: que sea del 58, que sea del 58... La impresión que me llevé al comprobar que esa era justamente la medida, esa y no cualquier otra, fue de las mayores de mi vida, sin duda; y eso que todavía faltaban dos sucesos por ocurrir. Por cierto, el filtro no estaba dañado, ni oxidado, ni rayado por la arena. ¿Es que alguien lo había dejado ahí para que yo lo encontrara?